jueves 26 de febrero de 2009
sábado 28 de julio de 2007
Nadando
a un vuelo de palomas
y atravesando lomas
dejar mi pueblo atrás
juro por lo que fui
que me iría de aquí…
-Joan Manuel Serrat
-¡Hola! –me sugiero llamarte emocionado al encuentro, detrás del polvo de la pared-. Sabes, la nada ya huele a todo aquí, el mínimo tufo caleidoscópico de presencia vana.
“Así es mi vida. Nada que hacer ante el embrujo, la fragancia inexistente. Proximidad que pesa, sobre todo, a la izquierda infinita de un cero mezquino en el laberinto diluido de altamar.
“Y es que ahora entiendo: es nada la maldita libertad de expresarme cuando no se puede pronunciar la verdadera liberación, olfateando simetrías que sospechan muy poco, casi nada. Ninguna cosa que logre, al menos, un exhalar fragmentario pero vivo de nuestra propia historia; hasta el viento de tu próxima partida que, esta noche, al fin, emana su real sentido, imaginando que eres quien la procura para mí.
“Mi nada, que nada me da, sabe a ti.
“Anda, sigue nadando entre las telarañas de mi cuarto. El laberinto diluido, en el mar –esa terrible ola de tus sueños-, no logrará hacerte daño.”
-Eres libre –pareces responder simulando mi ausencia, más allá del polvo de la ventana-. Exprésate a voluntad ahora que la arena nos cubre por completo. Nada malo podrá suceder.
Entonces, poco antes del alba, las arañas, susceptibles ante la escena, echaron mano de su mojigatería, intentando aprender el punto de cruz hacia la derecha; a flotar sobre la marejada que me lleva hasta su orilla.
viernes 27 de julio de 2007
El Señor Hash
El Señor Hash expira calmo el aire puro del alma del forastero, en esta tibia madrugada del desierto septentrional. El fuereño ha venido sincero en su búsqueda; por lo tanto, el maestro ha estado respondiendo a sus preguntas, pausado, como es su costumbre cuando se le solicita, nada solemne, todo sapiente del desenlace que ya intuye; sin embargo, está dispuesto a poner a prueba al visitante hasta que confirme sus sospechas.-Desde el momento en que la realidad siempre supera a la imaginación –afirma Hash, con su voz gruesa, algo distorsionada debido a las circunstancias de su propia naturaleza; perfectamente comprensible por el alumno que, de forastero, sólo conserva ese extraño acento de citadino-, este mundo debería representar la máxima fantasía por descubrir, escudriñándola apasionados.
-Dicen que Einstein proponía darle más importancia a la imaginación que al conocimiento –comenta ahora el discípulo; sigue la secuencia de la amena charla que parece comenzó hace un par de minutos; asimilando palabra tras palabra la anterior respuesta del Señor Hash.
Deja al fin de hacer imágenes acuosas sobre la arena reseca, con la punzante espina blanca que recuerda, vagamente, haber arrancado de la cactácea gigante, a sus espaldas, hace tanto tiempo como dirigiera la mirada al raso horizonte, donde ahora, cristalinas, escalan el barranco universal una que otra estrella rezagada del desfile; rasantes, perfectamente distribuidas, como para no tener razón al dudar de la lección del viejo Hash. El brillo de esas estrellas excita a la serpiente que prosigue su zigzagueo. por el collado sin luna.
-Einstein jamás me conoció. Nunca tuve el gusto; pero no se equivocaba. Es verdad, imaginar no sólo vale más que conocer; todo conocimiento nace, en buena parte, de la imaginación. Hipótesis instantánea hasta que una de ellas logre instalarse en el firmamento –dibuja un abanico multicolor en el aire, de tono austero, con su brazo invisible para todos, excepto para la serpiente ya alejada del encuentro y para los demás animales nocturnos, hambrientos de sed-. En toda ilusión –sigue Hash- hay vastas porciones de realidad que suelen confundirse con sueños.
El silencio es asombroso; al igual que el abandono absoluto de olores o congojas del pasado. El extranjero se pregunta si el sigilo es también una ausencia o al contrario, la compenetración idónea para seguir concentrado en su presente con aroma a porvenir, al hablar sin titubeos:
-Tienes razón. Debido a lo que has dicho; o más bien, debido a la incomprensión de lo que has dicho, por parte de la gente, de manera imperceptible, paso a paso, día tras día, y cada día más inútiles mis pasos y más largos mis días, me he ido convirtiendo, por así decirlo –desea ocultar el rostro en algún rincón virgen de la noche; y cautivar, a la vez, ese “algo” por el que está aquí, que necesita encontrar; sintiéndose liberado, valiente al declararlo:-, me he convertido en un cobarde contra mi voluntad... No sé si me entiendas... inmerso en esta Edad Media mexicana; la cual, si al amanecer tuviera que enfrentar una guerra, seguramente se suspendería por falta de quórum.
Un viento leve pero refrescante invade la atmósfera que envuelve, a la vez, el bochorno alrededor, señal inequívoca de la sonrisa transparente del Señor Hash ante la ocurrencia de su compañero de velada; incluso la arena acaricia los zapatos de goma del emigrante, provocando singular resonancia que podría interpretarse como cierta carraspera contenida.
Hash está frente a él, no cabe duda. Finalmente se encuentran ambos en la misma senda. Es el momento de revelarle el camino a la libertad a quien ha acudido a él en busca de lo cierto.
-Reconócelo, los mentirosos siempre han demostrado ante ti una ingenuidad de alto nivel. Esto ha provocado que te sientas pusilánime al verte forzado a mentirles para hacerles creer que has creído sus propias farsas de manipulación –Hash utiliza un sarcasmo idéntico al del escucha para agilizar la charla-. Has aprendido a manejar a quien cree usarte; pero no se puede vivir así toda la vida, evadiendo la vida misma debido a su sin sentido, el círculo perfecto de la mediocridad como consecuencia de la incomprensión. El destino de ellos ha quedado más atrás, incluso, que su pasado ignorado. ¡Tú deseas, necesitas irte de aquí! ¡Éste no es tu lugar! Intuyes un innovado estilo en la forma y hasta en el fondo de la literatura, en la interpretación renovada de la vida... ¿Por qué no lo intentas en el Imperio?
Debido al acoplamiento logrado con el Señor Hash, el discípulo descubre al instante la trampa que éste le tiende; pero no lo demuestra, no por tratar de engañar a quien, entiende, no sabe, no necesita hacerlo. Simplemente decide seguir la secuencia que reconoce como lógica, necesaria, y que el propio Hash desea:
-¿Te das cuenta de lo que dices? ¡Al Imperio! ¡Me quieres mandar al Imperio! ¡Ja! ¿Qué te propones? –sintiéndose dominador de la realidad eventual: la suya, infranqueable, y la que comprende que Hash quiere escuchar.
-En el Imperio podrías trabajar como guionista de mensajes subliminales; o tal vez serías un buen cantinero que provoque el milagro al tercer día, reviviendo, al menos, a la mitad de sus habitantes; o, ¿por qué no? podrías dar servicio de exorcismos por internet... ¡Hay tantas oportunidades allá!
El huésped ha asimilado tanto, esta madrugada, del profundo sentir del Señor Hash –más allá de una realidad imaginada como fantasía del conocimiento-, que se yergue, gallardo, al preparar su respuesta; mientras disfruta de las estrellas difusas, cristianizándose al fin en constelación:
-Alguien que tenga mucha experiencia en determinada cosa, puede ser alguien lo suficientemente tonto como para haber caído en el mismo hoyo, infinidad de veces, sin darse cuenta siquiera. Todo lo que necesitará es mucha práctica para lograrlo –ya está en pie, sintiendo las olas del mar distante en sus tobillos, a manera de cómplices de la verdad-. El Imperio es un simple hoyo, no más que eso, un simple y vano hoyo de intrascendencia. Mi camino es anverso, hacia abajo, figurativamente. Las cumbres enormes de esa Cordillera de la que te hablé al inicio.
-... En
De pronto, el visitante se transporta mentalmente hasta ese limbo que desconoce pero que desea tanto, preguntando a Hash:
-Allá, en el sur, en lo alto de
-En este momento –responde el Señor Hash-, tus sentidos los percibes con mayor profundidad, aquí, conmigo, en el desierto; sin un Einstein, quien seguramente se daría de topes sobre la cactácea, a tus espaldas; presagiando ese “algo” premonitorio al aceptarme como alimento de reflexión en tu instinto, desmenuzando cada instante de tu vida en mis estímulos, en tus sentidos. Mientras todo esto sucede, tu pensamiento se libera de tu consciente, acostumbrado a hacerle creer a otros alguna mentira forzada, desatándose de la cotidianeidad y de tus propios sentidos, provocando un abismo real entre el tiempo de respuesta de éstos, tus sentidos, y tu verdadero sentir.
-Pero cuando son los sentidos de la gente los que se nulifican a sí mismos, por medio de una idea prisionera de sus particulares fantasmas, el abismo entre ellos y yo no sólo es real, ¡resulta escalofriante semejante oscurantismo!
-La falta de imaginación, alrededor, corroe tu realidad. Es así como el pensamiento real muta en falsa fantasía.
-¡Exacto! –el extranjero se acaba de emancipar de tantas cosas en este momento...
-Te aburres en un juicio abstracto y concreto. Te aburres y te estarías confinando a la nada, allá –apunta el Señor Hash su índice fugaz hacia el norte.
-Y cuando el Imperio caiga, algún día, será imposible que surja una cultura semejante, porque nadie podrá consumir nada más que ilusiones de una imaginación disfrazada, actualmente, de realidad.
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Hash guarda el mejor de los silencios en sus bolsillos de humo; ha cumplido, más que con un deber, con su vocación. No tiene nada que agregar. Antes de irse, aprovechando el profundo sueño del hombre, traza en la arena anegada, ahora que la lejana marea cede ante el amanecer, el contorno de la sombra del escritor, para así conservar su imagen, acaso su alma que mañana partirá, segura de sí, en sentido contrario al protagonismo.
lunes 12 de marzo de 2007
Beso Mapuzteca

Soy Aniv, fruto de un beso fraguado por años entre una Mapuche y un Azteca.
Soy el resultado de dos obstinados que creyeron en hacer realidad las utopías.
Soy la niña mimada de 2 familias separadas por 8000 kilómetros y que quizás jamás compatirán juntos una velada.
Soy la hija de un sueño.
Eso soy. Eso seré.......
Pajarístico

–¡Cu-cu!
–¡Cállate! ¡Aaaaah! –vuelve a gritar el viejo cotorro, desde su enorme jaula, a ese pajarito amarillo y cochambroso, el cual apenas se atreve a asomar su tímido cuerpo sin plumas, por un segundo, afuera del reloj de pared.
–¡Cuá!... ntos ¡cuá!... tes ¡cuá!... ntificando ¡cuá!... rtos de hora! ¡Cuaaaaaaaá-cuá-cuá-cuá-cuá! –se burla de ambos el cuervo, luego de posarse prosaico sobre una rama ondulante del durazno, en el jardín; con rápido vistazo, a través de la ventana de la cocina, ubicando de inmediato la jaula del cotorro y el reloj, a la izquierda de la alacena.
–¡Cállate! ¡Aaaaah! ¡Lorito-lorito! ¡Aaaaah! –responde ahora el cotorro más que molesto al cuervo; reanuda su caminar fúrico de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, entre balanceos suicidas que practica sobre el palo; envidia la libertad y el brillo del plumaje del cuervo, en perfil al viento ligero de la tarde.
De pronto, silencio… Y es que en un punto indeterminado hace su aparición el artista mayor. Un joven jilguero hincha su buche al dar inicio la sinfonía vespertina, después de haber colmado su gula en algún pirul frondoso, vecino.
–Fuíiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii… fui fui fui fui fui fui fui fui fui! ¡Fuiuiuiuiuiuiuiuiuiuiuiuiuiuiui! ¡Fuiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!
La exquisita atmósfera creada por el jilguero es fantástica. El cú-cu, dentro de su casa de madera apolillada, se muere de ganas por asomarse, a través de la diminuta puerta, para descubrir al creador de semejante concierto; pero tan sólo observa los monótonos engranes del reloj, mientras afina la garganta para anunciar la media.
Por su parte, el cuervo inquisitivo aletea sobre la rama del árbol, deseando que el brillo de sus alas supere en esplendor el recital del jilguero; mismo que el cotorro mañoso, tarde tras tarde, intenta en vano imitar al menos en estribillo fugaz; pero siempre termina frustrado, con la lengua mordida entre su pico. Al menos se abstiene de exigirle al jilguero que se calle, al reconocer el arte de su canto; permitiendo de esta manera el cálculo del cú-cu, que ahora observa el reverso de las manecillas casi coincidiendo en la parte baja del reloj; al entrar en su guarida, apenas, un débil rayo del sol poniente que hace brillar la parte alta de los engranes.
–¡Cú-cu! ¡cú-cu! –aprovecha ese doble instante de plenitud, aguzando su mirada miope, en busca del artista, más allá de la tela de alambre de la ventana de la cocina; un denso vapor lo obliga apenas a visualizar al pobre cotorro allá abajo, aliviando su lengua negra por enésima vez:
–¡Cállate! ¡Aaaaay!
–Cuaaaaaaá! Cuá-cuá-cuá-cuá! –se mofa una vez más el cuervo de la patética escena.
El cotorro, harto ya de respirar el vapor de esa olla de frijoles sobre la estufa, se consuela a sí mismo picoteando en perfecto equilibrio los restos de su nuez partida, sobre una sola pata; mientras el canto osado del jilguero anuncia su adiós transparente. El cuervo proclama a gritos la tregua cotidiana a la eterna guerra pajarística, en la periferia de Pachuca.
–¡Cállate! ¡Aaaaah! –malhumorado en verdad, siente profundo asco de esos frijoles hirviendo en la olla; parece maldecir el planeo perfecto del cuervo, al tiempo que tuerce la cabeza para disfrutar del último “¡Fuiuiuiuiui!” mezclado con el sorpresivo murmullo en fiesta de una juguetona parvada de gorriones, arremolinados en breve suspiro entre las ramas del durazno, para luego remontar el cielo claro de esta primavera.
Al fin alguien se compadece del cotorro al entrar de mala gana en la cocina, para cerrar la llave de la estufa. Retira la olla de frijoles bien cocidos hasta una mesa repleta de trastes sucios, sin importarle arrastrar sus sandalias de aquí para allá, con idéntica ironía a la del cuervo y mayor desparpajo que el cotorro; quien en lo más profundo de su sentir desea que a la mujer se le olvide, al menos por hoy, darle cuerda al reloj de pared; mientras el cú–cu, en su interior, se prepara para escuchar la misma cantaleta de cada noche, momentos después de cumplir su deber con precisión religiosa, afinando de nuevo la garganta:
–¡Cú-cu! ¡cú-cu! ¡cú-cu!
–¡A ver si me vas aumentando el gasto, desgraciado!, ¡ya estoy harta de comer frijoles!
–¡Cállate! –responde el marido desde su cama, con voz fastidiosa.
–¡Cállate! ¡Aaaaah! ¡Lorito-lorito! ¡Aaaaah! –aleteando su frustración a perpetuidad.
viernes 9 de marzo de 2007
Cueca Mario el Artesano
Cueca La Negra
Austral
Sentido Contrario

El horizonte, la cima de nieve en capricho de cumbres que Mario conoció tan afiladas, en su juventud –como la aguja que lo mantuvo crucificado durante meses, a cada brazo–, en linde con su imaginación, se inundó hasta el último momento de esperanzas; por decirlo de alguna manera, se recorría, se alejaba. Así, la ciudad iba alargándose tierra adentro, cada amanecer, en línea recta nítida a la distancia; fuera de toda comprensión lógica o entendimiento razonado.
Esto siempre sucedía después de que el sol simulaba, con el mismo mutismo de Mario, otra partida, al hallar pretexto a una renovada revelación de cotidianeidad aquí abajo; en tela de juicio, desde entonces, el intervalo de su jornada sin error. Era el momento: rosado efímero; minutos asimétricos más tarde, el naranja complaciente en una nube desgarrada en su paz, logrando aplazar, indefinida, el reflejo de su búsqueda ante el confín, bajo sus cejas blancas de misterios en lapso de extraña agonía placentera; invitando a Mario a idear un original laberinto, hasta la asimilación, en ese mágico instante, de lo que significaba en realidad el tiempo, su tiempo; el ciclo o al menos la estación de ocasiones, circunstancias... un recuerdo.
La fatiga de sus párpados, del lunes al martes, le permitieron ver el desenlace del paisaje en ocaso, desde el duro colchón, rodeado por queridos y dolientes fantasmas.
Ya no tiene tiempo que perder en productivo ocio o ganarle la partida a la primavera, que nunca ha tenido paciencia para transformar aquellas nubes en perspectiva de color; no puede al menos agendarlo en dosis más o menos redituables. No le sabe. Ya no le sirve de nada. No le apetece, siquiera, como aquella molesta inyección de las diez de la noche, calmándole el dolor que calaba sus huesos en el quinto piso.
Ahora va a la velocidad idónea, por ahora, mar adentro. Ni más rápido ni más despacio que antes; en sentido contrario del fastidioso andar aquí abajo. Trayectoria inversa y orientación afortunada hacia el sol. Perdurable atardecer en la cima de sus penas en olvido, más allá el Pacífico sur.
Algo le indica que tiene que irse. Las horas, la esfera, ambas se han abierto; mostrando un resplandor escarlata nunca agendado.
Diecisiete Segundos

Te huelo a papel de tabaco envuelta en un son habanero. Caminas sin prisa, por la sombra, hasta alcanzar la puerta de la agencia Vicuña Mackenna.
A tu regreso, luego de deslizar la carta en el buzón, cruzas O’Higgins y una que otra calle murmurante con paso apresurado para alcanzar el almuerzo.
Me dan ganas de “pinchar” sin que intuyas que lo haré. Sospecho que diecisiete segundos después, tu respuesta llegará a mi móvil atravesando un Amazonas andino y el caribe que presagia la suerte de nuestro particular encuentro, controvertido crepúsculo verano-invierno, en pleno centro de Santiago, tu casa; mi sueño.
¡Ahí está!... Te regreso la sonrisa sin saber si sonreíste. –Sé que así fue.
Mi pinchazo decía: “No olvides nuestra cita en Buenos Aires”; en el cúmulo de nubes de tu mar desbarrancado sobre Jurica, remoto refugio senil con alguna fuga locuaz hasta el Congo Belga, para saludar a un viejo amigo. Todo esto ideado por nosotros desde Valdivia; sueños por vivir desde la casa soñada.
Para entonces, espero que al fin desistas de imitar mi acento que tanta curiosidad te provoca –¿qué entonación asimilará a la otra?, ¿crearemos un nuevo lenguaje?
Ese día, la sonrisa de tu mirada seguirá diciéndome lo que tu voz reflejó en seis horas de charla nocturna continental –nuestra primera velada juntos– en delicia-distancia.
¿Será por esto que mi móvil de pronto se ha declarado en huelga, negándose a devolverte el pinchazo, ahora que retornas al trabajo? Acaso fui profeta sin proponérmelo, al escribir mi biografía en la página de los cuentos: temo que me veré en la necesidad de vender el teléfono para pagar la cuenta…
¡Qué importa! El Cuto y su futura hermana –espero no le pongamos ese nombre impronunciable que has elegido para ella– son la mejor manera de interpretar la circunstancia; el estilo de tu arroba manuscrita; el punto final de nuestra firma; incluso la rúbrica de Bachelet, dando fe en próximos días a la veracidad del sentimiento expresado.
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Soy un mexicano perdido entre ¿Ñuñoa? y… ¡qué sé yo! El mapa de la ciudad no me ha servido de nada. ¡Sólo a mí se me ocurre llegar de sorpresa!
¿Alguien me puede orientar? ¡Cómo carajos llego a
Mmmmmmmm. Creo que debo comenzar por preguntarle al taxista qué weá es esto de comuna; si es que se calla por un momento y deja de contarme las copuchas de sus cabros y de un tal Poh, que supongo es el mote de su mejor amigo.
Mientras esperamos el verde del semáforo, se me ocurre que, al llegar al punto exacto de
Cargo poco equipaje
debo volar ligero
es muy largo este viaje
tan breve tu sendero.
Colo colo y Quetzalcóatl

Me da por pensar que en ese país no existe el Levante ni el Poniente. Incluso en la capital, para orientarse respecto a alguna calle, han de decir: “sígase hacia Mendoza” o “por el rumbo de Valparaíso”. ¡Habrase visto geografía tan pródiga en angostura e interminable fragmentaria hacia el sur!Porque el Sur también existe –diría Benedetti-; y el sur del sur contiene, en sí, la doble contradicción de los sentidos: un Cabo de Hornos en la Tierra del Fuego, donde la visión proclama supremacía, éxtasis paisajista del enardecido limbo Pacífico, al invitar a Valpo al sosiego reconciliado con la estratosfera un paso más allá, exactamente donde el coxis de Los Andes extravía su nombre de buena gana, por no sentir necesidad de aferrarse más que a los sueños de su tierra, la Tierra del Fuego que todo lo funde en el milagro de blancas islas a la deriva, en su aparente flotar; ocultándose de esos modernos, extravagantes navíos, insistiendo en convertirlas en el siguiente capítulo de Nat-Geo.
Pero la Cordillera es más que un documental para comedores de papas fritas en el norte. Nadie sospecha que sus montañas sean realmente las vértebras en reposo de una serpiente Mapuche, siempre esperando algo de aquel antiguo Occidente; misterioso como su propio orgullo, ante el sofisticado tango tan lejano por su cercanía. Remoto e inminente, también, el ímpetu de Colo-Colo.
Yo intuyo ese lugar con los tres sentidos restantes: el gusto por oler su sonido, que de tal franqueza y espontaneidad se me antoja profundo; simple consecuencia la calidez, esencia.
Estoy seguro de que Quetzalcóatl, desde lo alto de su pirámide, tuvo también la visión del secreto Araucano en su naturaleza de Serpiente Emplumada; eternizando su descendencia hasta estos días, en que ahora soy yo quien se pregunta si existirá norte o sur, arriba o abajo, cerca o lejos. Brújulas sin sentido en nuestro anhelado itinerario de sociables solitarios por caprichos del azar.



